Publicado el por en Judicial, Tendencias.

«Yo estaba sumido en un abismo por culpa del vicio y gracias a que prohibieron meter en los parques pude ver la luz». Esta frase, contundente como pocas, resumen la transformación que en los últimos meses ha tenido la vida de William Sánchez*. Se trata de un antiguo consumidor de diferentes sustancias psicoactivas ilegales  para quien hoy el horizonte de su futuro luce por primera vez despejado y radiante.

«Y todo gracias a que las ganas de meter se me quitaron al saber que eso que yo hacía en el parque era prohibido».

Esta historia comienza esa mañana de octubre del año pasado en la que el presidente, Iván Duque, firmó el decreto que faculta a la policía para decomisar dosis mínimas de estupefacientes, norma que desarrolla los artículos del Código de Policía que prohíben su consumo en espacios públicos.

«No me pida que le explique pero sentí como un corrientazo, algo que me quemaba. Pero a lo bien, sanador, mágico. Luego fue que me contaron que eso fue justo cuando el presidente firmó la ley esa. Algo en mí cambió. Jamás pensé que fuera tan tremendo el poder de la prohibición, pero sí, aquí estoy yo para compartir mi testimonio esperando que le llegue a muchos jóvenes más».

«Fue una cosa tras otra: dejé de meter vicio y ahí mismo me dejó de gustar la música satánica y con ella se fueron otros gustos puestos en mi ser por el maligno como la cicla y el vegetarianismo. Ni hablar de cuando alguna vez pensé que aguantaba pensar en los demás y ponerse como que en los zapatos de los otros. Me entraron unas ganas de emprender que no puedo describir con palabras, quería emprender ya, ahí mismo, emprender, emprender y emprender hasta reventar, aspirar a tocar el cielo, y si eso significaba aspirar perico, no importa porque esa droga es buena porque a diferencia de las otras que agüevan y te dejan entre risitas mariconas y pensadera imbécil, esta te pone a moler y la consigues por whatsapp, sin calentar ningún parche, a lo naranja, como debe ser. Solo me da pesar con los policías del CAI, que ahora uno pasa y los ve es coloreando mandalas, en tremendo desparche, se quedaron sin nada que hacer».

Tras este breve devaneo, Sánchez retoma el hilo de su relato: «Al rato sentí un impulso místico que me llevó a cortarme las greñas, sintonizar la hora de la verdad, peinarme con la carrera bien marcada, tomarme un vaso de glifosato en ayunas todos los días y endeudarme y evadir impuestos como un verdadero colombiano de bien. Por primera vez en mi vida me pude poner en contacto con mi niño interior: me pedía a gritos un fuetazo del doctor Uribe por todo lo malo que había sido».

Pero la transformación que experimentó Sánchez no termina ahí: «la fuerza de la prohibición hizo que mi padre que nunca aparecía comenzara a llegar puntual todas las tardes a las 5 para darnos afecto y apoyo; mi madre botó el celular por el inodoro solo para poder estar verdaderamente presente en nuestra formación. La calidad de la educación que me estaban dando en el colegio mejoró milagrosamente y mi correo se llenó de ofertas para un primer empleo digno, bien pago y con prestaciones. Todo gracias a la prohibición».

El cambio en la vida de Sánchez fue integral, profundo. «Dejé de cascarle al play todo el día y me puse más bien a cascarle a la piedra grande esa que hay arriba en el cerro a ver si le sacaba el petróleo. Hoy lidero el primer proyecto piloto local de fracking artesanal y autogestionado que incluye componente de microdeforestación: vamos a bajar los tres árboles que quedan en el parque para que no se trepen ahí los viciosos a reproducirse. Es que la droga lo lleva a uno a comportarse como primate».

Fue un cambio con impacto en todo su entorno: «Dejé ese cuento tan maricón de buscar la seguridad interior para enfrentarme al mundo para buscar la seguridad mía y de mi familia montando una cooperativa en asocio patriótico con los de la brigada».

«Por último quiero dejar un mensaje para todos los niños, que son el futuro de la patria. Que sean ciudadanos de bien, que le hagan caso a sus papás y a la profesora, que vayan a misa o al culto todos los domingos, abran cuenta en Panamá y hagan deporte. Y que cuando cumplan 18 presten el servicio militar porque solo la obediencia y el amor heterosexual es lo que nos va a sacar adelante», puntualizó.

*Nombre cambiado por petición de la fuente.

**Este es un contenido patrocinado elaborado en asocio con la Presidencia de la República.

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