Publicado el por en Proceso de paz.

«Sí, de verdad nunca imaginé llegar a decir esto, pero es verdad: extraño a los testigos de Jehová». Así comienza su testimonio Doris Castellanos, residente del barrio Modelia de Bogotá quien vivió una auténtica pesadilla el pasado martes cuando temprano en la mañana timbraron en su residencia dos jóvenes activistas del Sí.

«Acá en este hogar siempre hemos sido tolerantes, fue algo que aprendí de mi abuelo, que era telegrafista en Lérida, Tolima, y tenía que servirle a todo el pueblo sin importar su ideología. Cada que vienen los testigos pues se cumple con abrirles, escucharlos un rato, hasta conversarles un poco, y luego, con todo respeto darles a entender que este es un hogar católico, católicos fueron nuestros padres, católicos somos nosotros y católicos serán nuestros nietos, como dice la calcamonía (sic) esa que ponen en las puertas».

Castellanos es enfática en que la experiencia vivida rayó con lo traumático. «No había manera de callarlos, primero. Menos de preguntarles alguna cosita, ni hablar de refutarles algo porque alcanzaron a decir dos o tres barbaridades, como que si gana el sí Pekerman deja en paz a ese pobre pelado Medina o que en Cafesalud van a empezar a contestar en el teléfono ese de las citas donde siempre lo mandan a uno al carajo. Los testigos, como te decía, por lo menos te escuchan, estos no, dele que dele con su retahíla».

«En un punto, eso sí, me alcancé a confundir, no sabía si era uno de ellos. Fue cuando salieron con lo de que fuera del Sí no hay salvación -para el país- posible, que todos los que no están en el sí son engendros del maligno que no merecen otra cosa que morir y arder en el infierno, ahí fue que me perdí un poco porque era el mismo cuento. Sobre todo cuando hablaban del acuerdo y decían que estaba por encima de cualquier ley o constitución humana, que era la única norma que los hombres deben seguir».

«Tenían más tacto, más don de gentes los otros, cómo le dijera. Es que entraban a veces, uno les ofrecía un tintico porque ya hasta cariño les iba cogiendo y ellos veían nuestra imagen del Sagrado Corazón, nuestro cuadro de la última cena y no decían nada, lo ignoraban, pero eran respetuosos. En cambio uno de estos pelados que alcanzó a asomarse, se pistió el cuadro del doctor Uribe que tiene mi padre, que vive acá con nosotros y que es uribista de los del 2%, y usted lo viera, se puso como un tití ese muchacho».

Concluye que fue en ese momento que «el ambiente se puso pesado y tocó pegarles el portazo, pues se pusieron fue muy agresivos, muy violentos, eso decían groserías, vulgaridades, por la paz, eso sí repetían a cada rato».

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